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Estrés y Enfermedad

El estrés es una reacción de nuestro cuerpo ante situaciones exigentes, de cambio , amenazantes, en nuestras vidas, o así interpretadas por nosotros. Se trata de una respuesta natural y adaptativa que nos permite sobrevivir. Pero esas respuestas no dependen únicamente de “a qué situaciones nos enfrentemos”, sino de nosotros mismos, por ello son controlables y podemos gestionarlas.

 

Los efectos nocivos del estrés comienzan cuando nuestras respuestas se prolongan en el tiempo. Por ejemplo: Ante un momento en nuestra vida, como por ejemplo un peligro “x”, nuestro cuerpo comienza a funcionar tratando de centrarse en “evitar o luchar” contra ese peligro durante un momento, unos mimutos, para ello frena la digestión, acelera el ritmo cardíaco y respiratorio,… Un procedimiento habitual y normal que nos ayuda, incluso a levantarnos por la mañana, y a centrar la atención en los peligros. Pero si, percibimos que ese peligro continúa, se prolonga en el tiempo, o perpetuamos esa reacción aunque la amenaza se haya disipado, estaremos sobrecargando el organismo. No podemos soportar ese nivel de activación durante más tiempo, sin evidenciar efectos nocivos a consecuencia del estrés extra.

 

Miedo, baja autoestima, nerviosismo, pensar que se podía haber actuado de otra manera, obsesiones, preocupaciones,… Personas que viven con estrés a diario, nos hablan de estos síntomas. La manera de reaccionar en un conflicto, la actitud, y cómo lo interpretemos nosotros, es clave a la hora de sentir estrés a largo o corto plazo, como una reacción natural o como efectos altamente nocivos para nosotros por el desgaste de una sobreactivación.

 

Algunos trastornos asociados al estrés serían : acné, aerofagia, aftas, alopecia, ansiedad, artritir, asma, dermatitis, diabetes, cefaleas o migrañas, fobias, hipertensión, lumbago, insomnio, obesidad, pesadillas, psoriasis, EII, depresión, Temblores, úlceras, vaginismo… etc.

 

Estos temas, entre otros, serán tratados en la charla – coloquio de mañana jueves 23 a las 19.30 h en el Centro Cívico Metereológico de Santander. Podreis aclarar vuestras dudas y aprender al gunas técnicas prácticas y útiles para gestionar el estrés. Gracias a nuestros compañeros de FECAV que lo han hecho posible.  Os espero!

 

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Publicado:22 junio, 2016 | Comentarios: 0

Hablando sobre la enfermedad.

 

   Hace unos días se abrió un debate en las redes acerca de “Cómo hablar de la enfermedad”. Fueron muchos los pacientes que sumaron, al relatar su experiencia, poniendo diferentes opciones sobre la mesa, como maneras de vivir con esta compañera.

 

    La enfermedad es una circunstancia en la vida y como tal, hemos de decidir cómo compartirla con los que nos rodean. Es cierto, que no sólo viven con la enfermedad las personas que la padecen, sino su círculo más íntimo, aquellos que quieren y apoyan a esa persona. Por ello, es importante hablar de la enfermedad, describir la dolencia, sus síntomas y tratamientos… pero existe una valiosa informaciónin que suele quedar en un segundo plano, acerca de lo que provoca, las consecuencias en la vida diaria, o lo que hace sentir, información que difícilmente puede colarse en una conversación. ¿Qué quiere decir hoy día ser una paciente crónico? 

 

   Por lo que hemos leído estos días en el “Muro de Testimonios” la manera de pensar, de sentir, de vivir, nos guía por caminos muy diversos. Experiencias negativas pueden implicar que la persona se cierre en banda y evite mencionar su enfermedad, el temor al rechazo, a los prejuicios… provocando aislamiento, retraimiento. Tengamos en cuenta que hasta hace muy poco, la enfermedad, una discapacidad o las meras diferencias físicas eran un tabú, y una causa directa para el encierro o recluimiento de esas personas por parte de su propia familia. Es normal que aún perduren por tanto emociones como el miedo en torno a la enfermedad y a hablar sobre ella. Tiendo a pensar que los tiempos van cambiando, y sobre todo los pacientes, siendo más activos, estando más informados. Porque el hablar de la enfermedad genera una perspectiva de control sobre la misma, una actitud optimista, que nos beneficia en la convivencia con la dolencia.

 

    Por otro lado, también se observan opiniones contrarias, personas que lo hablan abiertamente, asumiendo esta circunstancia como parte de su vida y comentandolo como tal. Exteriorizan su padecer, desahogándose. Conversan con normalidad e involucran a los de su alrededor en la situación que viven, lo cual reslta no sólo un gran apoyo sino un factor de protección frente a la evolución de la enfermedad.

 

   Más allá de las conversaciones en la intimidad o en el núcleo familiar, también se han mencionado charlas con conocidos, preguntas indiscretas de personas no allegadas o la temida incomprensión por parte de los “otros”, cada uno que colocará un nombre en ese “otros”.

 

   Y, cómo podemos hablar sobre nuestra enfermedad… Con claridad, sinceridad y tratando de estar tranquilos. Con optimismo, actitud directa. Es habitual que las personas que desconocen la enfermedd hagan preguntas o no entiendan algún aspecto. Resolver dudas y dejar que los allegados expresen sus sentimientos favorecerá la comunicación y la aceptación d ela enfermedad, obteniendo así un apoyo mutuo, resolviendo posibles conflictos o malentendido y generando una mayor confianza en la familia.

 

   Y, como puede la familia hablar con el paciente… Con paciencia, escuchando, compartiendo emociones, permitiendo que se exprese o que llore, que se desahogue. Mostrando respeto cuando no quiera hablar, o cuando responda con silencios prolongados. Los pacientes no buscan que la familia les soluciones “x” problema sino sentirse comprendido y escuchado, lo que supondrá un gran apoyo, dosis extra de optimismo. Evitar transmita juicios de valor negativos y  las frases hechas como “debes ser fuerte”, “esto no es nada, hay gente peor”, etc., porque suelen provocar incomodidad y/o malestar.

 

Hablemos sobre la enfermedad, un secreto a voces.

Publicado:25 mayo, 2016 | Comentarios: 0

Gestionando el estrés

    Las personas nos sentimos más cómodas teniendo las cosas bajo control, y sobre todo si podemos saber con antelación qué va a suceder. Pero nuestros recursos, nuestras fortalezas se desarrollan y potencian al enfrentarse a nuestros miedos. Por ejemplo, los pacientes crónicos, descubren tras enfrentarse al diagnóstico de su enfermedad, lo “fuertes” que pueden llegar a ser.

 

   La incertidumbre, las esperas, tratar de controlar lo que sucede a nuestro alrededor,… son situaciones que se convierten en estresantes, que nos incomodan, bloquean y alteran, con consecuencias en nuestra salud física, psíquica y emocional. Y, ¿cómo nos afecta a cada uno? ¿cómo reaccionamos ante este tipo de situaciones?  

 

        Aprender a gestionar el estrés o en ocasiones incluso prevenirlo, comprender cómo nos afecta, está en nuestra mano, y puede ser una respuesta óptima para todo lo citado. Confiemos en nuestras capacidades, potenciemos nuestras habilidades, redescubramos nuestros recursos, busquemos nuevas maneras de afrontar las situaciones que nos violentan. Porque podemos aprender  y entrenar estrategias que nos sirvan para el día a día.

Para ello una buena opción es el taller que presentamos a continuación.

 

Últimas plazas!!   Más información 


Taller:  Gestionando el estrés. (2ªEdición).
Modalidad:  Online. Individual. Con acompañamiento profesional.
Fecha:  Del 9 al 18 de mayo.
Precio:  45 euros.
Inscripción:  proyectoacompasados@gmail.com  ó  616.007.985

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Publicado:3 mayo, 2016 | Comentarios: 0

Tú, Yo y una enfermedad.

 

   Las relaciones sociales son un factor de protección para la salud, en el proceso de las enfermedades y ante situaciones estresantes. Evitan el aislamiento, invitan a compartir, a experimentar, son una fuente de recursos. Somos seres sociales, por lo que las relaciones nos revitalizan y nos permiten desarrollarnos.  Pero cómo afecta la enfermedad a nuestras relaciones. En concreto la relación más íntima, la conyugal. Puede deteriorarse tras el diagnóstico al vivir un bache, un punto de inflexión, que será repetitivo, dependiendo del curso o evolución de la propia enfermedad. La enfermedad trae consigo inseguridades, cambios en la auto-imagen, nervios, sobrecarga emocional, que afectarán a ambos miembros de la pareja. La aceptación y la adaptación, son dos fases que atravesará la pareja de manera conjunta e individualmente.

 

    Cuando pensamos en las consecuencias que implica una dolencia en la pareja, se nos pasa por la cabeza, la separación, las dificultades en la comunicación, el distanciamiento, el cansancio, la desmotivación,… y un largo etcétera. Como evidencia me remito a las últimas opiniones de pacientes del apartado testimonios. Pero  no son las únicas.  Son varias las voces que mencionan “refuerzo de la relación”, mayor unión, alto nivel de comprensión, apoyo o una circunstancia más con la que convive la pareja. Vemos actitudes y vivencias diferentes, formas de convivir individualmente y en pareja con la enfermedad, con mayor o menor aceptación de la misma.

 

      Un estudio de la Universidad lowa (EE.UU), analizó la tasa de divorcios en parejas en las que uno de los cónyuges padecía una enfermedad de gravedad, en comparación con los matrimonios que no tenían ese diagnóstico. Los resultados publicados en la revista Journal of Health and Social Behavior concluyeron que “existe un 6% más de probabilidades de ruptura con respecto a los matrimonios sanos” cuando se realiza el diagnóstico de la enfermedad a la mujer, y no al hombre. Por su parte, no se encontraron diferencias cuando era el hombre el que padecía la dolencia.

 

            Amelia Karraker, principal autora del estudio, asegura que “una enfermedad supone una amenaza para la armonía de una pareja, pero los datos no explican el por qué de estas diferencias”. Un dato que se baraja es la afectación económica que provoca la aparición y posterior mantenimiento de la enfermedad, ya que puede modicificar el nivel de vida de la pareja.

 

     Una relación de esta envergadura necesita alimentarse y desarrollarse. Cómo puede lograrlo: protegiendo la intimidad, comunicásndose abiertamente, compartiendo emociones y sensaciones, informándose sobre las limitaciones y cambios que provocará la enfermedad en sus vidas, y sumando dosis de empatía del uno hacia el otro, reservando tiempo y un espacio para ellos,… (seguro que las personas que han opinado en el último debate podrían aportar más claves o recetas de cosecha propia).  La enfermedad ha llegado a la vida de los dos miembros de la pareja y deberán expresar que supone o ha supuesto. Verbalizarlo no le aporta mayor importancia, ni realidad o crudeza a lo explicado, sino que facilita la comprensión de lo que cada uno siente o experimenta. Ambos necesitan, además, apoyo y cuidados, para el paciente y para su principal apoyo.

 

Tiempo para reír, pero también para llorar, o para no sonreír si no se tienen ganas. Tiempo de afrontamiento, de entendimiento, o de enfado, o de reconciliación, pausa para respirar. Tiempo para estar, para sentir, para dar protagonismo a la pareja y restarselo a la dolencia. Tiempo para nosotros, para mí, para ti.

 

      Así como los pacientes describen cómo se reinventaron como personas, cómo cambiaron sus prioridades, su escala de valores o su filosofía de vida. Todo ello se traduce en relaciones que evolucionan al ritmo de los pacientes y de sus compañer@s, cambiantes, no estáticas y que requieren un mutuo esfuerzo e implicación.

 

Cuando la pareja es más que la suma de tú y yo…

 

Publicado:27 abril, 2016 | Comentarios: 2

Charla: “Conviviendo con la enfermedad crónica”.

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     El 29 de abril os esperamos en la Charla “Conviviendo con la enfermedad”. Un evento gratuito con entrada libre, aunque pedimos que se confirme la asistencia  en el teléfono 651.053.769.

 

     ¿Es una enfermedad un conjunto de síntomas?, ¿la falta de bienestar? ¿? Debemos  ampliar la definición sumando el testimonio de los pacientes, de sus familias. Este evento es una oportunidad para exponer vivencias, emociones, experiencias o sensaciones con respecto a las enfermedades. Un suma y sigue para entender cómo nos afecta la enfermedad y qué podemos hacer para mejorar nuestra calidad de vida como pacientes.

       ¿Son luchar o huir las únicas salidas para los pacientes? ¿Qué postura debemos adoptar? En ocasiones no nos permitimos estar tristes porque pensamos que de esta manera tiramos la toalla o la enfermedad nos vence. Pero esos momentos son sumamente importantes, pues en nuestro cuerpo debe existir un equilibrio de fuerzas, altibajos que nos ayuden a afrontar las situaciones. Los pacientes tienen derecho a sentirse mal, a comunicarlo, a pedir un poquito de empatía a su alrededor y a la sociedad. (…)

 

Temas que se plantearán en la charla, además de las dudas que planteen los asistentes. Os espero!

Publicado:20 abril, 2016 | Comentarios: 0

Conviviendo con la enfermedad — Charla-Coloquio

 

      El pasado 8 de abril ofrecimos una charla – coloquio: “Cómo convivir con una enfermedad”. Estos son algunos de los puntos más destacados y comentados. Para tod@s aquellos que no pudisteis asistir vamos a resumirlo.

       Ante todo, dar las gracias a los asistentes, a los participantes y a los intereseados en estos temas de salud.

 

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          El nuevo equipo lo conforman la enfermedad, la persona y su entorno. Y en la confluencia de esos tres puntos debemos estar los profesionales, teniendo en cuenta las múltiples condiciones y/o características que afectan a esas tres áreas y sin perder de vista a las personas, y su padecimiento. La calidad de vida de los pacientes se ve alterada, y el punto de partida es normalizar sentimientos y sensaciones, compartiendo y visibilizando lo que les afecta. Tristeza, enfado, desesperanza, culpa,… son habituales en pacientes crónicos. No son perros verdes, aislados de la sociedad, con cuadros clínicos extraños, son personas que piensan, sienten y deciden, y quieren recobrar el control de sus vidas. Además, en estos momentos sigue en aumento el número de afectados por casuisticas crónicas y cada vez se prolonga por más tiempo la afectación de su enfermedad. Es por ello, que precisan de un mapa, de una guía para saber cómo les va a afectar, en qué áreas de su vida va a haber ajustes. La información implic una mayor adaptación y aceptación de lo que nos sucede.

 

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       Como explicamos a lo largo de la ponencia, la enfermedad supone en sí misma un agente estresante, por lo que las personas desarrollarán respuestas para gestionar o evitar esa situación, En ocasiones, luchar rechazar, negar o evitar son estrategias de afrontamiento muy utilixadas, sobre todo, en períodos iniciales o de crisis, pero no acertadas, pues impide una adecuada convivencia con los síntomas. Por otro lado, estrategias positivas serían la contabilización de ventajas o  la actitud positiva, entre otras.

 

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     Cómo la persona se siente, cómo percibe lo que le sucede, además de sus propias creencias, afectarán en el desarrollo de la enfermedad y en la actitud con la que situarse en su nueva etapa como pacientes. La falta de apoyo, un inadecuado afrontamiento, las creencias paralizantes, u otras causas, pueden provocar nivel de ansiedad elevado y síntomas depresivos o de aislamiento social. Son algunos de los síntomas más destacados en cuadros descritos y cronicidad.

 

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     Por ello, una de las alternativas más beneficiosas en estas ocasiones es el tratamiento psicológico, por sus múltiples beneficios. Lo importante es que la enfermedad sea considerada como una circunstancia en nuestra vida, pero no como protagonista o el centro de atención. Para ello, hay que aceptar la nueva autoimagen, los cambios como consecuencia de la enfermedad en las distintas áreas vitales, desculpabilizar a los pacientes, conforntar la realidad, gestionar el estrés y las emociones, disminuir la carga amenazante de las situaciones vividas, desarrollar una actitud positiva y un posicionamiento activo en nuestro cuidado. (y un largo etcétera).

 

Viviendo unidos, no confrontados. Viviendo en sintonía

con la enfermedad y el estado de salud. Acompasados.

Publicado:12 abril, 2016 | Comentarios: 0

Charla – Coloquio: “Cómo se convive con una enfermedad”

 

         Desde Proyecto Acompasados os invito a asistir y participar en esta Charla-Coloquio del viernes 8 de abril a las 19 horas, en Santander (Av. Faro 10, sede de la Escuela de ocio y tiempo libre, en el Parque de Mataleñas). Entrada gratuita.

 

             La conviviencia con la enfermedad es un proceso complicado de adaptación a una nueva situación, para los pacientes en primera persona, pero también para los familiares, la pareja o grupo de allegados. ¿Cómo lo viven? ¿Qué necesitan? ¿Qué estrategias de afrontamiento o ayudas de los profesionales pueden mejorar su calidad de vida? Estos temas entre otros serán tratados, además de crearse un espacio para el debate y los testimonios de lo que quieran participar.

 

Os espero!

Más información e inscripciones en proyectoacompasados@gmail.com

 

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Publicado:21 marzo, 2016 | Comentarios: 0

Viviendo con incertidumbre, el lado oscuro de la esperanza.

 

       Los pacientes crónicos se encuentran ante una situación diaria de duda, de miedo, de temor, de intranquilidad… Se mantienen en una alerta permanente a nuevos síntomas o a la reaparición de antiguos dolores. La sospecha, de un brote emergente, de un paso hacia atrás en la evolución de la enfermedad, es otra nefasta compañera. Hoy vamos a aprender cómo manejarla y algunos de sus efectos. La incertidumbre en nuestras vidas…

 

“La incertidumbre es una margarita cuyos pétalos 

no se terminan jamás de deshojar”.  Mario Vargas Llosa

 

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      La incertidumbre es la incapacidad de determinar el significado de los hechos relacionados con la enfermedad. La persona no puede categorizar o estructurar los hechos relacionados con la enfermedad por falta de datos. Se suele sentir en situaciones de enfermedades complejas, cuyo curso se define en brotes o no se puede predecir. Dolencias sobre las que falta información o aún están investigando.

                              M. Mishel, 1988.

 

             La incertidumbre  conlleva:  aumento de ansiedad y/o síntomas depresivos, aparición de disfunción sexual, insomnio o fatiga, Disminuye la percepción de control, provoca tensiones en las relaciones familiares y/ laborales y académicas. Provoca sensación de desamparo.  A consecuencia de esta situaciones decae el optimismo y, tanto la actitudes positiva como la motivación, aumenta la sensación de amenazas externas y mina la autoestima. Sin olvidar su especial afectación a allegados, familiares y profesionales, creando tensiones en nuestras relaciones con ellos.

 

¿Es posible que nos afecte en menor medida?

 

  1. – Perteneciendo a grupos de iguales donde compartir experiencias y sensaciones.

  2. – Sumando en afecto, seguridad y aceptación. Potenciando las relaciones interpersonales.

  3. – Recuperando el control a través de actitudes activas y toma de decisiones, como pacientes.

  4. – Controlando los pensamientos negativos. No exagerando los conflictos.

  5. – Buscando ayuda si se necesita.

  6. – Realizando actividades que nos distraigan.

  7. – Recordando nuestras fortalezas, de qué hemos sido capaces en el pasado. Fortaleciendo así la      autoestima.

  8. – Expresando sentimientos, incluyendo la vulnerabilidad, sin juzgarnos a  nosotros mismos o  ser juzgados por los demás. En ocasiones, puede ser necesario compartirlo en un contexto terapéutico y  neutral.

        Un equipo  del área de salud de la Universidad de Michigan, siguió de cerca la experiencia de varios pacientes que iban a ser intervenidos quirúrgicamente. Serían sometidos a  una colostomía. Para algunos sería permanente y para  otros  posiblemente reversible. Así se les informó. Varios meses después de la operación, los pacientes cuya situación era permanente se mostraron más felices que aquellos que pensaban que algún día volverían a su vida anterior. El primer grupo tenía la certeza de lo que iba a suceder y pudo aceptar y afrontar lo que sobrevenía, mientras que el segundo grupo vivió en una incertidumbre a la espera de una promesa, de volver a su “conocida normalidad”. El estudio fue publicado en la revista “Health Psychology”.

 

        Peter A. Usbel, uno de los investigadores del estudio comentó: ” la esperanza es una parte muy importante de la felicidad, pero cuenta con un aspecto negativo. Si la esperanza hace que la gente postergue el seguir adelante con sus vidas, puede interferir con la felicidad”.

 

         Parece, por tanto,  que la incertidumbre frena nuestra capacidad para asimilar y aceptar un hecho  o una situación,  y adaptarnos a ella.

 

¿Tiene la esperanza un lado oscuro?

Publicado:15 marzo, 2016 | Comentarios: 0

¿Por qué a mí? – Desterrando las culpas.

     Hace unos días, se abrió un debate muy interesante en diferentes grupos de pacientes, y la pregunta abierta que se planteaba “¿por qué a mí?”, parece ser una constante en la vida de muchos pacientes crónicos. Puede haberlo sido en momentos de crisis o en la actualidad, pero todos alguna vez hemos tratado de obtener una respuesta.

 

     Los inicios son momentos confusos, que pueden llegar a desbordarnos emocionalmente, por lo que este tipo de cuestiones nos embriagan de culpa, de duda, de obsesión. Estos interrogantes tienen un riesgo: buscamos respuestas a preguntas imposibles, que nos ponen en un lugar de víctimas, de descontrol sobre nuestra propia vida o planes de futuro. Quedamos atrapados en un bucle mental, de insatisfacción, de culpabilidad, de búsqueda infructuosa… señalándonos como causantes de una enfermedad, muy alejado de la realidad. Es una etapa que muchos pacientes viven, como decíamos antes, en los inicios, en algún momento del camino complicado o, a largo plazo.

 

         La enfermedad es una circunstancia en mi vida, no el centro de atención de cada momento que vivo. Es una acompañante a tener en cuenta, sobre todo para cuidarme al máximo y evitar riesgos, cumplir con el tratamiento y tener la máxima información. Pero vivir en torno a ella, es un peligro, pues nosotros mismos perdemos protagonismo en detrimento de la dolencia. Corremos el peligro de ser acorralados, de aislarnos, sintiendo y experimentando cada instante a través de una lente distorsionada, a través del punto de vista de “soy un enfermo”. En este caso, la culpa o la impotencia pueden agravar este estado, estas sensaciones de incomprensión y victimismo. Y la pregunta “por qué a mí” cobraría una renovada importancia. Vamos a desterrarla poco a poco, pues tiene una función muy negativa, y para ello, lo primero es informarnos.

 

       Cuando los pacientes lanzamos esa pregunta empapada de culpa al aire, denota que en ese momento nuestras expectativas, lo que esperamos del futuro, no es realista y tienen una gran carga negativa. La culpa se asocia con la idea de merecer un catigo, de que alguien nos tiene que reprochar una conducta por algún error cometido y que ha derivado en enfermedad. Una elección o una mala decisión, o haber llevado hábitos poco saludables, cualquier excusa puede indicarnos que ” soy culpable de encontrarme mal”, haciéndonos perder la perspectiva.

 

        La búsqueda de la causa sobre un incidente es algo habitual, y podemos reflexionar al respecto sobre nuestra responsabilidad y actuar en la medida de lo posible para mejorar nuestro cuidado. Pero anclarnos en ese momento y verbalizar en tono de sentencia culpabilizadora, no sólo no ayuda, sino que nos resta energía para centrarnos en lo verdaderamente importante.  “Si no hubiera hecho esto o aquello no habría ocurrido”, “si me hubiera parado a descansar no habría provocado esa enfermedad”… De hecho, la frustración sentida antes este tipo de situaciones puede llevarnos a atribuir erróneamente las causas, las “culpas”, en otros o focalizarlas en mi persona. (Modelo Motivacional de Weiner). Cuando en realidad, nos estamos alejando de nuestro presente, cuidarnos, seguir el tratamiento… es nuestra tarea actual y a la que debemos prestar la mayor de las atenciones.

 

    Para un paciente la información, los cuidados, comprender sus propias emociones en el proceso de la enfermedad, y el afecto de los que le rodean, son grandes factores de protección que ayudan a disipar estas “trampas” con forma dubitativa. Practiquemos pues como pacientes activos, las relaciones, las sensaciones, las actitudes positivas y busquemos nuestro particular ritmo de vida, nuestro paso para vivir, para sentir y experimentar.

 


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Paso a paso, acompasando el ritmo

de la enfermedad, con el nuestro,

con el de la familia…

Publicado:1 marzo, 2016 | Comentarios: 2

Cuando el cuerpo piensa… Trastornos psicosomáticos.

    Nuestro cuerpo enferma y se producen una serie de reacciones en nuestro organismo, que implica a procesos mentales y fisiológicos. Debemos adaptarnos a esa nueva situación, psicológica y físicamente. Cómo pensamos, la forma de comportarnos ante los demás, y lo que sentimos, conllevan cambios en el estado físico. Y aquí aparecen los trastornos psicosomáticos (T.P).

 

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        Existen diferentes teorías y mucha bibliografía al respecto. Tras varias revisiones y evoluciones a lo largo de la historia, llegamos a lo que son HOY día. Los T.P implican una relación recíproca entre factores psicosociales y biológicos, una interrelación. La presencia de causas emocionales, tanto en el inicio como en el mantenimiento del trastorno, son muy destacadas.

 

Cualquier trastorno físico suele implicar a diferentes niveles, alteraciones psicológicas, y viceversa“. El gran motivo que nos hace no perder de vista estos factores si convivimos con cualquier tipo de enfermedad, evitando diferenciar entre cuerpo y mente, pues están más que unidas en su procesamiento de la dolencia.

 

En el DSM (manual de psiquiatría), los T.P se contemplan como “factores psicológicos que afectan al estado físico o a la condición médica“, en la revisión más actual.

 

Y, ¿Cómo nos afecta?

  1. Alterando el curso de la enfermedad.

  2. Interfiriendo en el tratamiento.

  3. Constituyendo un factor de riesgo adicional.

  4. Precipitando o exacerbando los síntomas, a través de respuestas fisiológicas asociadas al estrés.

Los tipos de factores psicológicos que pueden influirnos, son los siguientes:

  1. Trastorno mental.

  2. Síntomas psicológicos (sin constituir un trastorno, como por ejemplo la ansiedad).

  3. Rasgos de personalidad o estilos de afrontamiento.

  4. Conductas desadaptativas relacionadas con la salud (consumo de sustancias, sedentarismo, comer en exceso…).

  5. Respuestas fisiológicas asociadas al estrés.

  6. Otros factores no especificados: demográficos, culturales o interpersonales.

 

     En la década de los 60  Holmes y  Rahe, psiquiatras de profesión examinaron registros médicos de más de 5000 pacientes para determinar si los eventos estresantes podían causar enfermedad. A los pacientes se les solicitó que ordenaran una lista de 43 sucesos de vida y se encontró una correlación positiva de 0.1 entre sus los sucesos y sus enfermedades. Fue llamada Escala de Estrés de Holmes y Rahe y posteriormente otras teorías han apoyado la relación tan relevante que existe entre estrés y enfermedad, entre los eventos vitales y la dolencia.

 

     Actualmente existen diversas teorías sobre los T.P. La mayor parte se centra en trastornos muy concretos, aunque, existe otra versión, algo extendida que trata de ofrecer una explicación teórica general válida para cualquier tipo de alteración psicosomática.

 

Ejemplo: EII (Enfemedades Inflamatorias Intestinales) Hasta el momento el mecanismo propuestos como causante de este tipo de enfermedad, es con mayor incidencia una respuesta inmunológica anormal. La posible contribución de mecanismos inmunitarios, permitiría explicar por qué características psicosociales de los sujetos, como su exposición a aconecimientos estresantes, pudiera aumentar el número de brotes o agravar sus síntomas.

 

Cuando el cuerpo piensa,

cuando la mente siente,

cuando todo se interconecta.

Publicado:16 febrero, 2016 | Comentarios: 0

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