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¿Cómo nos afecta el día a día del confinamiento? ¿Cómo nos podemos sentir?

 

Estamos viviendo una situación extraña, complicada, confusa. Que cada uno está sintiendo y viviendo desde su especial y particular punto de vista, pero con aspectos en común. Por eso, hoy quiero, a través de este artículo poner de manifiesto cómo nos puede afectar esta etapa y cómo nos podemos sentir.

 

La Primera fase es de sorpresa. Sentimos un shock agudo e intenso, una sensación de incredulidad.Mantenemos al principio, la ilusión de que esto no esté pasando. Y después se van accionando otros mecanismos de defensa como la negación “no puede ser”, que nos ayuda a amortiguar la noticia, a hacernos a la idea, cada uno desde su ritmo. No entendemos la realidad que estamos viviendo ni sabemos qué significado darle, por lo tanto, es natural sentirnos confusos, ansiosos, e incluso buscar una mayor información desde el exterior para que nos calme.

 

En un inicio, nos sentimos frágiles, vulnerables, como si nos encontrásemos desnudos, indefensos, ante un peligro inesperado y no supiéramos como reaccionar. Cualquier reacción sera normal, natural, es esta situación la que se escapa de nuestra rutina y a la que podemos calificar de anormal. Por lo tanto, no nos juzguemos por como nos sentimos o qué pensemos en estos momentos.

 

Nos percatamos de que existen diferentes situaciones que escapan a nuestro control en la vida diaria, por mucho que nos esforcemos en gobernarlo todo. De ahí, el sentimiento de vulnerabilidad e incluso de inferioridad comparándonos con el gran poder de la naturaleza. Hemos observado como en estos días las dosis de humor son un regalo, una manera de afrontar estos momentos de regular nuestras emociones, de defensa, de comprender y de reírnos. Todo ello muy necesario. Sobre todo teniendo en cuenta que por debajo de todas esas defensas está el gran miedo humano, el miedo a perder lo que tenemos, afectos, personas, lugares, roles, compañías, posesiones, estados… Miedo a perderlo todo, ansiedad y angustia.

 

Después sobreviene la curiosidad, la necesidad de estar informados, para sentir que algo controlamos, la necesidad de entender y darle un sentido a lo que ocurre, de formar parte de ello. Nos hacemos mil preguntas, entre las que destacan por qué ha sucedido esto, qué va a suceder, cuándo terminará… preguntas, muchas sin respuesta. Pero al preguntar nos distanciamos de la realidad, de nosotros, de lo que importa, cómo sobrellevarlo, como nos encontramos, y qué actitud necesitamos para afrontarlo con salud mental.

 

La segunda fase es la de Adaptación y comienza al poco tiempo. Tengamos en cuenta que somos los seres que se acostumbran a todo, aunque muchas veces no sepamos cómo hacerlo o cómo es nuestro proceso interno para llevarlo a cabo, pero aquí seguimos, a pesar de… todo lo que ocurra. Adaptándonos. Os recuerdo que las reacciones que hasta ahora podían parecernos anormales, en estas circunstancias, pueden ser normales. Son reacciones normalizadas dadas las condiciones de vida que se han dado estos día, y las próximas semanas.

 

Aparecen nuevas emociones en estos momentos, añoranza y nostalgia por personas que no están acompañándonos en nuestro hogar, por rutinas que en este momento no podemos seguir, por actividades que necesitamos postergar o por contactos que más adelante podremos retomar. Una colección de recuerdos se agolpan en nuestra mente. Y en ocasiones, notaremos que para regular esas emociones, para que no sean demasiado intensas, puede aparecer la apatía, una sensación de indiferencia. Aun persiste algo de incredulidad y nos decimos a nosotros mismos, “esto no esta pasando” o “seguro que nos es nada”.

 

A veces necesitamos cierta anestesia emocional, para poder seguir adaptándonos a este momento, a las dificultades. Eso nos permite permanecer impasibles ante sufrimiento propio y ajeno, ante las continuas noticias, y acontecimientos que nos narran desde el exterior, ante los conflictos que vivimos en el interior de los hogares, precisando cierta contención. De lo contrario, podríamos desbordarnos, por la sobreinformación, por el dolor que nos causa una situación tan extraña y bizarra.

 

La adaptación es la clave para la supervivencia del ser humano, por ello de manera a a  veces consciente, otras inconsciente, nos imbuimos en rutinas, en actividades, en horarios a cumplir, que nos ayudan a dulcificar esta situación. Tengamos en cuenta, que es posible que tengamos escapes para esas defensas, como por ejemplo las pesadillas o despertares tempranos. En momentos nocturnos, cuando tratamos de descansar, aparecen en forma de pesadillas las rumiaciones y preocupaciones que hemos tratado de frenar durante el día.

 

 

En estos momentos hay una perdida del espacio afectivo, falta de contacto con otros, suplidos con videoconferencias y contacto virtual, con recuerdos de otros momentos y reminiscencias del pasado. Sin vida interpersonal, desde un aislamiento programado que coarta nuestras relaciones, aunque encontramos vías de escape y de adaptación, para continuar siendo sociales desde nuestro hogares, incluso habiéndose dividido por las circunstancias muchas familias en 3 o en 4. Sentimos felicidad sólo con imaginar el rostro de una persona significativa, la penúltima cena entre amigos, o anticipando el plan que ejecutaremos en cuanto este capítulo de nuestras vidas pase.

 

 

Otro aspecto que solemos necesitar defensívamente para adaptarnos a esta situación es culpabilizar a un tercero, hilvanar una narrativa, que estructure lo que está sucediendo y eso pasa por responsabilizar a alguien de la desgracia que nos acontece. Precisamos buscar causas, expulsar la frustración, la impotencia y la rabia y cargarlas contra política, religión, naturaleza, sociedad,… El desencanto conlleva la desesperanza, pero el optimismo es la clave de la fortaleza para adaptarnos, y para ello necesitamos expulsar nuestra rabia hacia el exterior, para seguir reconstruyéndonos.

 

 

También es posible echar en falta nuestra soledad, nuestro propio espacio, hoy invadido en todo momento por intromisiones de familiares o compañeros de piso en minúsculos hogares donde se comparte cada instante. Es posible echar de menos la soledad, o la sensación de intimidad, pero rápidamente cambian las tornas al escribir o preguntar por alguien a quién no veíamos hacía meses, o descubrirnos colgando una nueva historia en una red social para estar en contacto con otros. Paradojas relacionales, instantes del cautiverio. Sentirse observado en todo momento, buscar lo contrario, y al momento exponerse.

 

 

Es posible notar una especie de vacío, sensación de aburrimiento, percepción cambiante del tiempo, como si viviésemos en una continua transición, pues en muchos momentos, tras la rutina (que implica seguir como robots el día a día sin pensar), nos encontramos con nuestra intimidad, a solas con nosotros, algo que a veces tratamos de evitar por miedo a sentir, a pensar. No hay piloto automático, nos vivimos y nos sentimos, y eso nos asusta. Y trataremos de llenar ese hueco en nuestro interior con lo que encontremos a mano. Mejor desde una rutina, y no dar atracarnos a serie, dormir 24h, o evadirnos por completo de la realidad, pues luego, nos costará retornar a ella, y será menester hacerlo. Y por otro lado, nos resguardamos en el tiempo futuro, idear planes, crear objetivos, o incluso diseñar tiempos alternativos en nuestra mente, que recreamos y que nos abrigan de esperanza. Un cobijo necesario del que no necesitamos abusar.

 

 

Somos seres sensibles, capaces de abstraerse en las peores circunstancias, de ayudar a otros, hoy de seguir con una rutina, hacer ejercicio, ir a trabajar o entretenernos con manualidades, enriqueciendo nuestro mundo interior, clave también para continuar adaptándonos y procesar lo que está ocurriendo. Lo que buscamos en cualquier espacio es nuestra singularidad, lo que nos diferencia como individuos, y a la vez, la unión social, formar parte de algo. Ambos conceptos que conforman la identidad del ser humano.

 

 

La tercera fase, la vuelta a la rutina. Podemos sentir una mezcolanza de ansiedad, relajación, alivio, alegría y confusión. Tras unas semanas en un estado alternativo como es el confinamiento, la vuelta puede resultarnos extraña. Necesitamos             re-aprender a sentirnos confiados y seguros fuera del hogar, en compañía. Será un nuevo aprendizaje que lograr, una etapa no ausente de dificultades ni de miedos. En ese momento seguiremos necesitando atención, apoyo, acompañamiento, información, y entrar en contacto con personas significativas, o incluso pedir ayuda. No nos perdamos de vista a nosotros mismos porque el confinamiento haya concluido, pues comienza una nueva etapa. La vida anterior a la que regresamos habrá cambiado en diversos aspectos, y de nuevo sentiremos la necesidad de adaptarnos. En algunos casos la situación laboral habrá cambiado, la medidas de seguridad proseguirán, seremos más conscientes de nuestras vulnerabilidades, o un curso al que asistimos se habrá cancelado… seguirán llegando cambios.

 

 

El humor, qué gran truco de magia, para seguir adelante, en estos momentos, para relativizar el sufrimiento y añadir un prisma más creativo, esperanzador, con la carga emocional de los beneficios de la risa.

 

 

Espero haya sido de ayuda esta explicación sobre cómo funcionamos las personas en estos momentos, en los aspectos más comunes, para ayudar a conocernos, a respetarnos y a no juzgarnos.

 

Finalmente qué estamos aprendiendo en esta etapa, cuál esta siendo nuestra colección de vivencias es lo que nos enriquece como personas, individuos que forman parte de una sociedad. Y, un aspecto sobre el que seguiremos manteniendo nuestro control hoy día, es nuestra actitud, el modo en el que hacemos frente al momento actual, ¿cómo ha decidido cada uno seguir por este camino?

 

 

 

Una vida que merezca la pena ser vivida.

 

 

Victoria Sánchez Mújica
Psicóloga sanitaria Ca-00818
Responsable de Proyecto Acompasados

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