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ATRAPADOS EN UN TORBELLINO – Estado emocional de los pacientes crónicos.

 Ninguno nos planteamos qué significa padecer una enfermedad o imaginamos cómo cambiará nuestra vida, o si se nos reconocerá una discapacidad en el futuro. No entra en nuestros planes sufrir dolores , y ni tan siquiera calculamos una ecuación que no vamos a vivir. Cuando la situación se torna cercana, por un familiar afectado o por nosotros mismos, entra en juego una nueva realidad, y es difícil hacerle un hueco en una vida no preparada para la falta de salud.

 

 Quedamos envueltos en un torbellino emocional desde que nos dan la primera noticia A medida que “conocemos” nuestros síntomas nos embriagan más y más emociones cargadas negativamente, que menguan nuestras fortalezas y esquivan nuestros apoyos. Las emociones varían dependiendo de la enfermedad que se padezca , de la fase en la que nos encontremos, de un adecuado asesoramiento psicológico o de nuestra propia actitud.

PicsArt_1422823988586En conjunto hablamos del enfado inicial o la culpa por la enfermedad padecida, preguntándonos ¿qué habremos hecho para merecerlo? Le sigue el temor a lo que vendrá, a lo que significará en nuestra vida a partir de ahora. Un miedo humano y normalizado por una vida que refrena su ritmo y que puede llegar a paralizarse… ¿qué haré a partir de ahora? Sumado a una incertidumbre ante los temas de salud que casi existe en todos los padecimientos ante nuevos tratamientos, o una evolución incierta. En muchas ocasiones la falta de medios, de estudios previos o de conclusiones médicas que nos ayuden, atesoran un profundo misterio que mina, también, nuestra actitud de afrontar la dolencia, por lo que la incomprensión hace mella.

 

 Le siguen de manera encadenada otras emociones derivadas de las vivencias con nuestro padecimiento. Algunas están íntimamente relacionadas con nuestra familia o amigos, son sentimientos de vergüenza, de pudor… ¿cómo se sienten ellos al vernos sufrir, o al cuidarnos? ¿qué piensan acerca de la enfermedad? Existe un espacio propio que nos cuesta transgredir, evitando compartir esta parte que consideramos tan negativa y deshonrosa. ¿Cómo vamos a hablar sobre temas que nos provocan rubor? La gran dificultad para comunicarse acerca de lo que sentimos provocado por la enfermedad es un mal generalizado entre los pacientes. Saltando esa barrera podemos llegar a un autoconocimiento, y autocontrol, que mejore nuestras relaciones, y con ello nuestra calidad de vida.

 

 Una enfermedad también provoca respuestas obsesivas, apatía. Evitamos la implicación en actividades que antes nos ilusionaban. El entusiasmo da paso al retraimiento. Por ello, muchos pacientes nos hablan del sentimiento paralizante que les inunda y que les retiene en casa. Creen que sus vidas se les escapan, y son meros observadores tras el cristal. Viven a través de experiencias de sus allegados sin implicarse, pues las fuerzas les fallarán, otro brote les encamará, o un nuevo fármaco les desestabilizará,… perpetuando los temores.

 

 La tristeza puede ser una mala compañía en este proceso, pero también nos ayudará a amoldarnos. Los momentos tristes son escapes que precisamos como si de un duelo pareciese. Hemos de permitirnos llorar solos y acompañados. Gestionar nuestras emociones y comprenderlas, es una paso más, como antes explicaba., y que nos evitará la pésima compañía de la desesperanza o de la depresión.

 

 Este estado emocional descrito y las creencias de una persona, pueden alterar las conductas de salud. Las personas valoran sus vivencias, su diagnóstico, los cambios,… lo que provocará determinadas respuestas y actitudes ante la enfermedad. Así, se ve reflejado en la actitud que mantienen ante la dolencia, en sus expectativas, en sus planes de futuro. Uno de los aspectos imprescindibles es la vulnerabilidad sentida por los pacientes desde el primer minuto.

 

 La no diferenciación entre la realidad sentida y la realidad ansiada o soñada, contaminará nuestro proceso de adaptación confundiéndonos, sumando dosis de frustración envolvente en este torbellino. Pero la clave no está en refrenar nuestro ritmo o enfriar nuestra vida, sino en facilitar el análisis de los sentido, compartir las emociones y aprender a gestionarlas. Marcarnos límites adecuados y dialogar. Permitirnos sentir eliminando los aspectos contaminantes. Las emociones positivas funcionarán como mediadores del esperado bienestar psicológico.

Retomemos el control sobre nuestro personal torbellino …

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Publicado:1 febrero, 2015 | Comentarios: 0

LOS CUIDADOS MEJOR SENTIDOS – Reconociendo el valor de nuestros cuidadores.

Cuidar, apoyar, acompañar, sostener, ayudar, 

cobijar, mediar, colaborar, guiar, proteger, proporcionar, dedicar,…

 

.Manos - Cuidadores

 

 La experiencia de cada cuidador es única y son muchos los aspectos a valorar y que la compondrán como una vivencia diferente en cada ocasión. Las variables que inciden especialmente, son las que atienden a la enfermedad, a la persona afectada, a la familia, y a los profesionales que le atenderán. El cuidador dedicará tiempo y esfuerzo a unas tareas muy precisas de manera complementaria o principal según lo citado. En muchos de los casos no se ha previsto ser cuidador y no se ha podido planificar ni organizar la tarea, acompasándola con el antiguo estilo de vida. Desde el inicio, no se midió el margen temporal que se dedicará a ello o la evolución progresiva, los cambios, empeoramiento repentino, o los episodios que pueden darse. Otra dificultad añadida es la integración de estas actividades en su estilo de vida o en los aconteceres diarios. Las personas que cuidan de nosotros tendrán dificultades, pero no tendrán una atención , determinada para sobrellevar su nueva responsabilidad. El grado de atención o dedicación también es variable, pero siempre protagonista renovado en su quehacer diario. Desde las preocupaciones y deveslos, hasta el acompañamiento, o la supervisión, tareas de enfermería o de administración.

 

Cómo lo afrontan según su parentesco:

 

+ Si el cuidador es nuestra pareja: Cambiarán los roles, se modificarán planes de futuro y las relaciones interpersonales, existirán sentimientos ambivalentes y se reajustará la vida social de la pareja o matrimonio. Exige una adaptación constante y puede implicar tensiones en la relación, derivados del cuidado. La relación puede ser cada menos recíproca y el cuidado invadirá aspectos de su vida íntima, de su vida sexual. Hemos de estar atentos a los cambios y diferenciar espacios en los que compartir cuidados y espacios en los que compartir nuestra intimidad.

 

+ Si el cuidador es nuestro hijo/a: El vínculo natural entre padres e hijos promueve esta disposición. Años atrás el cuidado era inverso, y al producirse este cambio, el impacto emocional les acercará a preocupaciones por sus propios cuidados en un futuro, y reflexiones sobre la llegada de un final, no tan lejano. Es importante la inversión de roles que se produce, se vuelven plantear planes adaptados para un futuro y las relaciones establecidas en la familia. Se producirán sentimientos ambiguos, debiendo efectuar ajustes en la vida social y laboral de los cuidadores. También se darán cambios en su propia unidad familiar reorganizando el tiempo y atendiendo necesidades propias. La lealtad y la fidelidad a nuestros progenitores nos guían en este caso. Los sentimientos de gratitud son bastante fuertes, debido a los lazos familiares.

 

+ Si el cuidador es nuestro padre/madre: Este es uno de los casos en los que el impacto emocional es muy alto, regresando a etapas que creíamos ya pasadas, que ya habían dejado atrás, modificando como en los casos anteriores los objetivos de futuro, efectuando ajustes en la vida social. Sentimientos encontrados y nuevas formas de relacionarnos con nuestros padres. Las preocupaciones acerca del futuro de los hijos invaden esta etapa. Sensaciones de impotencia y frustración que protagonizan los cuidados y en ocasiones, invasión de responsabilidades ajenas, lo que provocará sobrecargar en los cuidadores y menosprecio en los “cuidados”.

 

 Desde el inicio, nuestros cuidadores, nos acompañan por el camino que marca la sintomatología. Nos dan de la mano ante el diagnóstico y permanecen a nuestro lado junto a los tratamientos, los cambios y la evolución. Su labor de apoyo y sostén es primordial para cualquier doliente crónico. Son parte afectada y debemos considerarlos en el proceso. Ellos sienten esa enfermedad, reflexionan sobre lo sucedido, altera sus vidas y sufren al contemplar las consecuencias para nosotros y para ellos mismos. Es importante destacar su papel y su estado al hablar de enfermos crónicos, por lo que significa el concepto de familia en la actualidad. Un núcleo de aprendizaje y crianza que no cesa en sus cuidados ante nuevas fases de la vida, como es la enfermedad.

 

 Nuestros cuidadores requieren una atención especializada, pues se someten al estrés físico, emocional y financiero. Sienten tristeza, indefensión, ira, culpa, miedo, preocupación, ansiedad… sentimientos semejantes a los experimentados por los enfermos crónicos. Son un claro reflejo de nuestro malestar, pero también de nuestro bienestar.

 

Es posible crecer juntos, aprender a convivir con los cuidados

y con un nuevo ritmo de vida.

Publicado:19 enero, 2015 | Comentarios: 0

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